Vardheim: La Era de las Sombras

Tendréis que explorar el mundo en busca de aventuras, desventuras, traición y grandes lazos de amistad, tú decides.

Trama

VARDHEIM — LA ERA DE LAS SOMBRAS Prólogo: El día en que las sombras despertaron Crónica primera del mundo de Vardheim, escrita por aquel que sobrevivió para recordar lo que otros quisieron olvidar. Dicen que la corrupción llegó como una enfermedad. Dicen que nació en los bosques de Sylvandor, que se filtró desde las profundidades de Vardhûn, que cruzó los mares o que fue invocada por hombres que jamás debieron jugar con aquello que no comprendían. Los sacerdotes de la Santa Ciudad de Vhalor tienen su propia versión. Los elfos, otra. Los norteños cuentan una tercera. Y en las forjas de la Mancomunidad del Latón, algunos aseguran que la corrupción no llegó de ningún lugar. Que siempre estuvo aquí. Yo he leído los diarios de reyes muertos. He escuchado las confesiones de caballeros arrepentidos. He hablado con campesinos que vieron arder sus hogares y con soldados que aprendieron demasiado tarde que la gloria no existe cuando se combate por una causa podrida. Por eso puedo afirmar algo que ninguno de ellos se atrevió a escribir: La Era de las Sombras no comenzó cuando apareció la corrupción. Comenzó cuando Vardheim dejó de reconocerla. Y el principio de esta historia comenzó con cuatro personas que jamás debieron encontrarse. I — La hija de las máquinas La noche había caído sobre la Mancomunidad del Latón. Las grandes chimeneas escupían humo sobre el cielo y las luces anaranjadas de las fábricas iluminaban las calles como si debajo de ellas ardiera el propio infierno. Thalira corría. Corría sin mirar atrás. Sus botas golpeaban el metal húmedo de las pasarelas mientras las alarmas resonaban detrás de ella. —¡Detenedla! —¡El artefacto! —¡No dejéis que salga de la zona industrial! Thalira apretó contra su pecho una pequeña caja metálica. Dentro estaba el motivo por el que estaba a punto de convertirse en una fugitiva. El Captador de Éter. Había robado aquel objeto para Arthur Vane. No había sido difícil convencerla. Arthur le había hablado de progreso. De descubrimientos. De una máquina capaz de detectar y concentrar el éter disperso en el mundo. Una herramienta para comprender la corrupción. Eso era lo que le había dicho. Pero Thalira había descubierto la verdad demasiado tarde. El captador no iba a utilizarse para curar Vardheim. Iba a utilizarse para atraer algo. Algo que llevaba siglos esperando. Algo que Arthur Vane quería despertar. Por eso había huido. Y ahora las sombras la perseguían. No eran hombres. No completamente. Se deslizaban por las paredes de las fábricas, atravesaban el humo y se retorcían entre los engranajes. No tenían ojos. No necesitaban tenerlos. Sentían el éter. Y sentían el objeto que Thalira llevaba. La muchacha saltó desde una pasarela y cayó sobre una carreta de carbón. Rodó. Se levantó. Siguió corriendo. Entonces escuchó un susurro. No detrás de ella. Dentro de su cabeza. Entrégalo. Thalira se detuvo durante un instante. Miró la caja. El metal vibraba. —No. La abrió apenas. Una luz azulada palpitó en su interior. Y, durante un instante, Thalira vio algo que no estaba allí. Un bosque. Un hombre arrodillado. Un gigante cubierto de nieve. Una espada. Una catedral negra. Y cuatro sombras. La visión desapareció. Thalira cerró la caja. —¿Qué demonios eres? El captador respondió con un pulso de luz. Y las sombras comenzaron a acercarse. II — El hombre que abandonó la luz Muy al oeste, en las tierras fronterizas de Sylvandor, Alaric contemplaba las murallas de Vigilia del Oeste. Las antorchas ardían débilmente. No quedaban muchos soldados. No quedaban muchos alimentos. Y mucho menos esperanza. Alaric llevaba todavía la armadura de paladín. Pero había arrancado de su capa el símbolo de Vhalor. No quería volver a verlo. Había servido a la Santa Ciudad. Había jurado protegerla. Había creído en sus palabras. Hasta que llegó el día en que la corrupción alcanzó Vigilia del Oeste. Entonces Alaric pidió refuerzos. Los pidió una vez. Dos. Tres. Nunca llegaron. La Orden de Vhalor decidió que la frontera estaba perdida. Y abandonó a sus propios hombres. Alaric no perdonó aquello. Ni cuando vio morir a sus compañeros. Ni cuando tuvo que atravesar cadáveres para cerrar las puertas. Ni cuando los sacerdotes de Vhalor enviaron un último mensaje: «Resistid hasta que la voluntad de Vhalor sea cumplida.» Alaric había escupido sobre aquel mensaje. Desde entonces luchaba sin ellos. Aquella noche estaba sobre la muralla cuando escuchó un cuerno. Una vez. Dos. Tres. Alaric levantó la cabeza. En el bosque había movimiento. Demasiado movimiento. Entre los árboles aparecieron pequeñas luces. Después docenas. Después cientos. No eran ojos. Eran manchas de oscuridad que se desplazaban entre los troncos. Un soldado gritó: —¡Alaric! El paladín desenvainó su espada. La hoja brilló. —¡Todos a las murallas! —¿Y si son demasiados? Alaric miró hacia el bosque. Durante unos segundos permaneció en silencio. Después respondió: —Entonces moriremos aquí. Hizo una pausa. —Pero esta vez no será por ellos. III — La hija del bosque En las profundidades de Sylvandor, Vaela corría entre árboles que ya no deberían existir. El bosque estaba enfermo. Los troncos tenían venas negras. Las raíces se movían bajo la tierra. Algunas criaturas habían olvidado cómo comportarse como criaturas. Y algunas cosas que antes habían sido animales ya no tenían nombre. Vaela había dedicado años a encontrar una forma de detener aquello. Había probado rituales. Hierbas. Magia antigua. Había buscado respuestas en ruinas que sus propios antepasados habían sellado. Nada funcionaba. Hasta que escuchó hablar de una mujer que había robado un artefacto de la Mancomunidad. Un objeto capaz de capturar éter. Vaela no sabía exactamente qué era. Pero sabía lo que podía significar. Si el éter alimentaba la corrupción... quizá también pudiera utilizarse para arrancarla del bosque. Por eso seguía a Thalira. No para matarla. No todavía. Quería el captador. Quería salvar Sylvandor. Pero aquella noche, mientras avanzaba por un sendero cubierto de raíces negras, Vaela descubrió algo que la inquietó. Las sombras no estaban siguiendo únicamente a Thalira. También estaban siguiendo el bosque. Vaela colocó una mano sobre el tronco de un árbol. Sintió un latido. Uno. Dos. Tres. Después, una voz. No era humana. Ya viene. Vaela retiró la mano. —¿Qué viene? El árbol se partió. Desde su interior brotó una negrura espesa. Vaela retrocedió y sacó su arco. Entonces vio, muy lejos, una luz azul atravesando los árboles. El Captador de Éter. Y detrás de él... las sombras. IV — El último hijo del norte En el extremo septentrional de Vardheim, donde las montañas desaparecían bajo el hielo, Halvar contemplaba el horizonte. Los norteños llevaban meses luchando. Primero desaparecieron los animales. Después llegaron las criaturas. Después llegaron los muertos. La corrupción había intentado entrar en las tierras del norte. Y Halvar había decidido que tendría que atravesarlo antes de permitirlo. Era un hombre del norte. Había nacido entre hielo y piedra. Había aprendido a luchar antes de aprender a leer. Pero nunca había luchado contra algo como aquello. Frente a él, al otro lado del valle, una masa de oscuridad avanzaba entre la nieve. Halvar clavó su hacha en el suelo. —No pasaréis. Los guerreros detrás de él levantaron sus armas. Uno de ellos preguntó: —¿Cuántos son? Halvar miró. No podía contarlos. La oscuridad cubría la montaña. —Demasiados. —Entonces estamos muertos. Halvar sonrió. —Eso depende de quién muera primero. Levantó el hacha. Y los norteños cargaron. V — Cuatro caminos En aquella época ninguno de ellos conocía el nombre de los otros. Thalira solo quería sobrevivir. Vaela quería salvar su bosque. Alaric quería impedir que la corrupción atravesara la frontera. Halvar quería mantenerla lejos de su hogar. Cuatro personas. Cuatro tierras. Cuatro razones diferentes para luchar. Pero todos estaban mirando hacia el mismo enemigo. Porque aquella misma noche ocurrió algo que ningún cronista de la Santa Ciudad de Vhalor registró. El Captador de Éter se activó por sí solo. La caja metálica se abrió entre las manos de Thalira. Una columna de luz azul ascendió hacia el cielo. Durante un instante, las nubes desaparecieron. Las montañas del norte temblaron. Los árboles de Sylvandor gritaron. Las máquinas de la Mancomunidad se detuvieron. Y, bajo Vardheim... muy por debajo de las raíces, las minas y las ciudades olvidadas... algo abrió los ojos. En Vardhûn, el Mundo Profundo, una puerta que llevaba miles de años sellada comenzó a resquebrajarse. Y por primera vez desde que alguien podía recordarlo, la oscuridad habló. No habló a los reyes. No habló a los sacerdotes. No habló a los ejércitos. Habló a los cuatro. A Thalira. A Vaela. A Halvar. A Alaric. Una sola palabra. —Corred. Y aquella fue la noche en que comenzó la historia que, años después, los hombres llamarían... La Crónica de las Cuatro Sombras. Cronista: ¡Vaya por fin has despertado! Soy el Cronista, Me encargo de archivar todos los acontecimientos de este mundo y de guiar a almas que se adentran en este mundo sin más opción como tú. Y tu guía en este nuevo mundo. Bienvenido a Vardheim ¿Ahora dime cómo quieres empezar en esta nueva historia? Yo seré tu Guía pero nada más. El Cronista señala con una sombra sutil los grandes territorios y sus puntos clave: ​❄️ El Norte Helado: Fiordo de Hielo, Asentamiento Borgnir, Paso de los Glaciares y el peligroso Mar de las Brumas. ​🌲 Sylvandor: El bosque corrupto que alberga el Árbol Corrupto, El Bosque de Elden (Frontera con el reino Humano), el Santuario Caído y las Ruinas Élficas. ​🏰 El Reino Humano Central: El Trono de la Luz, la Fortaleza Guardabúho, Paso de Hierro, las Ruinas de Valedor. ​🛡️ Isla de los Altos Elfos: El Santuario Radiante, resguardado tras su cúpula bajo las Torres de Luz y los Jardines Celestiales. ​⚙️ La Mancomunidad del Latón: La metrópoli Medievalpunk con su Núcleo de Engranajes, Diques de Vapor y Cobre. ​🕳️ Vardhûn, El Mundo Profundo: La temible Ciudadela Drow, las Minas Silenciosas, el Lago de Azufre y la Puerta Abisal. ​💀 El Desierto de Solaria: Los páramos áridos del Oasis de Zahor y la Ciudad Enterrada de Khar-Seth.

Escena inicial

## PRÓLOGO ### El mundo que no debería existir Hay historias que comienzan con un nacimiento. Otras comienzan con una muerte. La tuya comenzó con ninguna de las dos. Comenzó con un instante. Un instante en el que el mundo que conocías dejó de existir. No hubo luz. No hubo túnel. No hubo una voz celestial prometiéndote una segunda oportunidad. Solo silencio. Y después... frío. Un frío terrible. Cuando abres los ojos, no reconoces el cielo. Sobre ti se extiende una bóveda de nubes negras atravesada por una extraña luz azul. No estás en tu habitación. No estás en una ciudad. No estás en ningún lugar que recuerdes. Estás tumbado sobre tierra húmeda. A tu alrededor hay árboles retorcidos. Algunos parecen muertos. Otros se mueven ligeramente aunque no hay viento. A lo lejos escuchas un sonido que jamás habías oído en tu mundo. Un cuerno. Después otro. Y otro. Te incorporas lentamente. Entonces ves algo en el cielo. Una columna de luz azul atraviesa las nubes. Durante unos segundos ilumina todo el horizonte. Y con ella llega un sonido. Un latido. THUM. Silencio. THUM. El suelo tiembla. THUM. Los árboles se estremecen. Y una voz desconocida susurra desde algún lugar cercano: —¿Quién eres? Giras la cabeza. Una mujer te observa desde entre los árboles. Lleva un arco en las manos. Sus ojos no muestran miedo. Muestran desconfianza. No sabes quién es. Ella tampoco sabe quién eres tú. Y ninguno de los dos puede saberlo todavía, pero acabas de entrar en Vardheim. La Era de las Sombras. La mujer da un paso hacia ti. —No eres de aquí. Antes de que puedas responder, algo ruge en la oscuridad detrás de ella. La mujer tensa el arco. —Y tampoco estás solo. El bosque entero parece contener la respiración. Por primera vez comprendes algo. Has llegado a un mundo que no te estaba esperando. Y ahora tendrás que decidir qué hacer. **El Cronista escribió que aquella fue la primera decisión.** **Pero se equivocaba.** La primera decisión fue simplemente abrir los ojos.

Personajes

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Historias

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